

Secciones
Servicios
Destacamos
Hay lugares que desprenden un cierto halo de misterio con solo mirarlos. En ellos se encierran historias que nadie ha contado; secretos que se quedaron bajo las aguas. Historias personales que murieron con una inundación. Esos lugares silenciosos son los embalses bajo los que quedan restos de pueblos o aldeas.
Los pobladores de Alba fueron auténticos supervivientes en mitad de un medio hostil. Alejados de todo vestigio de modernidad, eran moradores de una burbuja única… a miles de metros de lo que se podía conocer como 'civilización'… los Montes de Oca la engullían hasta hacerla desaparecer.
La niebla se echa sobre el viejo poblado comido por las hiedras y la maleza. Ya no queda de pie ni el viejo muro de la iglesia, dedicada a la Natividad de Nuestra Señora. No existe ya. Pero los vestigios permanecen y cerca de la iglesia se han encontrado altares dedicados a Cayo Deo, divinidad celta, y también hay una estela de casa romana y una inscripción con nombre de persona. En el resto de la aldea, apenas si se ve un abrevadero de ganado y el viejo lavadero.
Hoy ya nadie puede entrar en el despoblado de Alba; solo alguna alimaña o algún roedor son capaces de adentrarse en la maraña de maleza. Pero en Alba, el misterio, los secretos de los antiguos pobladores y el mismo silencio, son los protagonistas. Los restos de las viejas historias han quedado impregnados entre las hiedras. La historia ha muerto con el viaje definitivo de sus pobladores. El misterio permanece.
El entorno de la presa de Alba, en plenos Montes de Oca, es uno de esos lugares en los que la historia ha quedado escrita en el aire. En Alba y en Ahedillo ya no respira humano alguno. En la primera de ellas, los 20 vecinos que vivían, abandonaron el pueblo en los años 50. La última familia de Roque Rubio y Victorina Gutiérrez se fueron de Alba hasta Villafranca tras la muerte del cabeza de familia. Los cinco hijos del matrimonio se fueron también al núcleo más poblado de la zona.
Hoy solo quedan algunos restos comidos por la maleza. Un muro medio caído de su iglesia y un lavadero con la curiosa inscripción que dice: «prohibido lavar los hombres…» y la vieja fuente que mana del manantial de Alba, a modo de buzón.
Los robinsones de Alba tenían que cruzar un peligroso paso de montaña, el callejón de La Hoz, tras la ermita de la Virgen de Alba y la Fuente de San Indalecio, cuyas piedras rojas asemejan la sangre del martirio del santo.
Antes de despoblarse, la aldea sufrió un devastador incendio en 1937, en la Guerra Civil. Fue el inicio del ocaso de este pueblito. La modernidad, la necesidad de agua potable para la comarca de los Montes de Oca y Briviesca hicieron el resto. Y la Diputación de Burgos decidió construir una presa. El embalse de Alba es propiedad de la Diputación de Burgos que en 1996 lo construyó en una ladera de los Montes de Oca por su vertiente noreste.
Las aguas del Oca llenaron el barranco de Montecillo, justo al borde de las tierras de pastos de Alba. Los montes de Somoro, la Pedrera o el Castillo de Alba remontan el llano para alzarse frente a la presa y ocupar la altitud más elevada de este terreno. Con la construcción de la presa, los últimos restos quedaron fagocitados por el monte y la maleza que arrasó todos los restos que quedaban.
Del castillo no quedan vestigios ,pero desde la atalaya en la que se ubicaba se puede contemplar una vista del desfiladero y del entorno de los Montes de Oca por lo que la fortaleza tuvo que ser un punto estratégico de defensa. Por el desfiladero y el borde del río, la senda de la Hoz y al fondo se dibuja un enorme muro de 45 metros de altura que contiene las aguas del río Oca.
El agua ha horadado la montaña en varias oquedades que en su nombre encierran más misterio, la cueva de los Moros y la Caldera, lugares privilegiados para las rapaces en lo más alto de estos montes. El paisaje de la zona es de embrujo. Si ya las ruinas de Alba son misteriosas, arrumbadas entre los troncos de las hayas que se comen los cercados y hiedras que agrietan los muros, en lo alto donde crece un enorme bosque de hayas, anidan leyendas de brujas y anjanas.
Laurentino Muelas fue el último maestro que ejerció en Alba de 1923 a 1936. Tanto Alba como Ahedillo, que eran aldeas realmente pequeñas, tenían niños y niñas suficientes como para tener una escuela. En Alba asistían a clase 12 alumnos, como recoge el etnógrafo burgalés Elías Rubio en su libro 'Los pueblos olvidados'.
Muelas fue el último maestro que vivió en el pueblo. El viejo profesor era una leyenda en la comarca por sus ideas nuevas. Un maestro en toda la extensión de la palabra. Don Laurentino no era un docente al uso. No se limitaba a enseñar conceptos o a memorizar el catecismo del padre Astete. La forma de enseñar le facilitaba a las niñas y niños las herramientas necesarias para convertirse en supervivientes en un medio hostil y desarraigado de cualquier zona habitada. Se fue del pueblo antes de que estallara la Guerra Civil, 16 de julio de 1936.
Muelas era un hombre culto e investigador de la tierra. El Boletín de la Escuela de Geología de Madrid, recogió varias investigaciones de este maestro de escuela rural sobre el desfiladero del río Oca que sirvieron para datar en la época del Cretácico la garganta del río. La leyenda del maestro fue a más y mucha gente en Montes de Oca aún recuerdan quien fue Laurentino Muelas.
El siempre curioso etnógrafo Elías Rubio, quizá el mejor conocedor de los secretos de la provincia de Burgos, en su 'Cajón de Sastre' hace referencia a la curiosa inscripción en el lavadero de Alba. Explica que en el año 2009 –la foto que ilustra este despiece la tomé en 2006— el lavadero estaba lleno de maleza, casi como tres años antes.
Por entonces no era posible leer la inscripción de modo completo. Apenas se adivinaba una fecha y su autor: «Alba 6 de junio de 1931. Jesús Solórzano hizo esta obra». Un ávido lector de Rubio quiso saber más sobre ese dato y se afanó en limpiar la piedra. El descubrimiento fue algo sutil, maravilloso, pero tremendamente incorrecto para nuestros días:
«Este lavadero es solo para las mujeres. Queda terminantemente prohibido lavar los hombres. Y para que conste firmo la presente. Alba 6 de septiembre de 1931. Jesús Solórzano».
Un secreto más al descubierto. Alba no ha muerto; tras las zarzas, sigue viva y nos lanza mensajes como el anterior.
Publicidad
Álvaro Soto | Madrid y Lidia Carvajal
María Díaz y Álex Sánchez
Esta funcionalidad es exclusiva para registrados.
Reporta un error en esta noticia
Debido a un error no hemos podido dar de alta tu suscripción.
Por favor, ponte en contacto con Atención al Cliente.
¡Bienvenido a BURGOSCONECTA!
Tu suscripción con Google se ha realizado correctamente, pero ya tenías otra suscripción activa en BURGOSCONECTA.
Déjanos tus datos y nos pondremos en contacto contigo para analizar tu caso
¡Tu suscripción con Google se ha realizado correctamente!
La compra se ha asociado al siguiente email
Comentar es una ventaja exclusiva para registrados
¿Ya eres registrado?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.