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Plaza Mayor de Aranda de Duero, con el Plano de Aranda, donde se estima que Mencía practicaba la medicina. Elías Díez
La enigmática Mencía González, la física judía de Aranda
Burgos misteriosa

La enigmática Mencía González, la física judía de Aranda

Que una mujer fuera médico, o ejerciera como tal (físico era el término para designar a quien practicaba la medicina popular de la época) y judía, la ponía en el punto de mira del Santo Oficio, de la Justicia y de la Real Chancillería. Mencía González, posiblemente una judía conversa, trataba las enfermedades de su villa. Sus vecinos la querían, pero su pecado era ser mujer y ejercer por libre. El juez de Aranda la condenó por sus prácticas; y la Real Chancillería alivió su pena

Viernes, 25 de noviembre 2022, 07:05

Mujer, judía y física. Mencía González era el nombre de esta enigmática arandina que ejercía como física curando enfermedades y aplicando técnicas médicas a quienes recurrían a sus remedios. Era la física de Aranda. De ella se desconocen muchas cosas: su edad, su estado civil, su procedencia o desde cuando ejercía la medicina. Ni siquiera se sabía, a ciencia cierta, si era o no judía, aunque por los datos que aportó el juez de Aranda, seguramente lo fue.

El doctor en Historia de la Medicina y médico de familia, José Manuel López Gómez, escribió en 2010 una interesante historia de esta mujer que ejerció el oficio de curar a finales del siglo XV y que data en 1495. De los documentos que custodia el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, se puede verificar «que Mencía González practicaba la medicina en Aranda» y que, por ejemplo, «hacía sangrías a determinados enfermos que a su juicio lo precisaban», apunta López Gómez.

Esta mujer «poseía una carta de examen oficial» que se les expedía a quienes realizaban estas prácticas, pero que no tenían el título de médico. Las atribuciones que tenían estas personas no eran la de los galenos y un tribunal podía verificar si se extralimitaban, como en el caso de Mencía González, porque sus sanaciones «eran públicas y notorias», explica el doctor, tesorero de la Institución Fernán González.

El caso es que, con bastante seguridad, algún vecino de Aranda de Duero, delató a Mencía ante el licenciado Francisco de Tapia, juez de residencia de la villa, «que procedió de oficio a abrirle información» ya que ella «curaua de física e medicina e sangraua a algunas personas que estauan dolientes», como dice textualmente la acusación en el proceso. Se la detuvo y «ya presa presentó cierta carta de examen que para los suso dicho tenía».

Para el juez, su carta de examen tenía ciertas limitaciones. Se valió de ciertos testigos y concluyó asegurando que «resultaua claramente averse entremetido a curar algunas curas las cuales ella non podía fazer, porque en derecho los onbres que eran dados físicos para sanar onbres avían de ser sabidos e leydos y experimentados (...)»

Destierro y horca

Es decir, que Tapia la sentenció y dijo que era rea de destierro y que si incumplía la sentencia, podría enfrentarse a la horca. López Gómez entiende que la sentencia fue «severa». La prohíben practicar la medicina, la destierran de Aranda y de su comarca, le cargan las costas, y si no cumple estos términos la condenan a morir en la horca. El fundamento de Derecho decía, que «ha actuado más allá de lo que tenía permitido, y que los físicos debían ser personas que supiesen leer tratados médicos y poseer experiencia en el cuidado de los enfermos».

La valentía de Mencía González en una villa como Aranda de Duero con una escasa población en la que todos sabían qué hacía, fue notoria. Sus secretos médicos, muy probablemente heredados de sus antepasados, convertían a esta mujer en una sanadora popular; arraigada a su pueblo; una mujer «con temple», apunta López Gómez.

Y con un carácter poco menos que indomable ya que «lejos de amilanarse, sintiéndose agraviada, presentó apelación ante los alcaldes de la Real Chancillería de Valladolid», aclara el académico. Incluso pidió la nulidad del juicio y que su «sentencia, por injusta, fuese totalmente revocada».

Manuscrito de la sentencia de la Chancillería. BC

Sintió que el juez de Aranda le había imputado delitos infundados; o al menos que había habido indefensión en su juicio: «Adujo defectos formales: no tuvo conocimiento de la causa, no fue adecuadamente oída, no se guardó la forma y orden del derecho; y lo que para nosotros reviste más importancia, que nunca se había extralimitado en sus actividades sanadoras, que siempre se había atenido a lo definido en su licencia, y que nunca nadie se había quejado de sus curaciones», explica en su ensayo López Gómez.

Con éstas, la Real Chancillería remitió al juez de Aranda la documentación y le requirió para que se presentase ante sus jueces, «a fin de defender la sentencia condenatoria que había dictado». No lo hizo. La corte de justicia de Valladolid le declaró en rebeldía y los magistrados acordaron revocar la resolución de Tapia, «dictando unos mandatos mucho más benévolos para Mencía González».

Apelaron al mandato de la reina Isabel y la ordenaron que no ejerciese la medicina «hasta examinarse de nuevo ante persona competente, quedando bien definidas aquellas actuaciones sanitarias que podía realizar y las que no; revocaron su destierro de Aranda, a donde podía regresar libremente; y suspendieron el pago de las costas».

Nada se sabe de si Mencía González se avino a la sentencia y aceptó realizar un nuevo examen o si volvió a ejercer. El doctor López Gómez, sin embargo, demostró la existencia de, al menos, una mujer que fue físico en Aranda en una etapa histórica complicada por ser mujer, ser judía y ejercer una profesión de hombres.

Sin embargo, que Isabel fuera una reina con carácter y que reivindicara ante la sociedad y los nobles de la época su fuerza como gobernadora de la Castilla que empezaba a reinar en el planeta, pudo ser un punto a favor para que la Real Chancillería perdonara las penas impuestas por un juez, hombre, azuzado por otros, hombres, que ejercían la misma profesión que Mencía González, la físico de Aranda de Duero.

Facultades

Para ejercer la medicina en la Castilla de entonces, había que pasar por la facultad correspondiente. O bien que ser habilitado por médicos de la época para realizar el oficio de físico. Desde 1230 existían en Castilla facultades de Medicina.

En Salamanca, entonces Reino de León, se fundó antes de 1230 por Alfonso IX un falcultad. El rey Fernando III El Santo la concedió carta de privilegio en 1243; y en 1254 Alfonso X El Sabio, acabó por reestructurar los estudios, en los que se instaura la enseñanza de 'física'. La segunda estuvo en Valladolid, en el Studium y se funda en 1405, cuando Enrique III crea una cátedra de Física.

Burgos tuvo su facultad de Medicina también, pero durante un periodo muy corto de tiempo. Fue a caballo entre el siglo XVIII y XIX, entre 1799 y 1817. Estuvo ubicada en el Hospital de la Concepción.

Calle Barrionuevo de Aranda de Duero. Elías Díez

Doña Belinda y otras mujeres físicas

El ejercicio de la medicina debía acreditarse de manera fehaciente en aquella época. Si embargo curanderos, sean mujeres u hombres, los ha habido en toda época, incluso en nuestros días. Es cierto que siempre ha sido habitual que los físicos fueran hombres, pero en la mítica y mágica Galicia había muchas moxas y matronas que realizaban conjuros y curas basadas en la ancestrales ritos aprendidos de madres a hijas y a nietas.

Más cerca, en Castilla, el doctor José Manuel López Gómez recuerda que en Burgos está acreditada en 1487 «la presencia de una mujer judía con ejercicio sanador». Se trata de una vecina de la ciudad conocida como doña Belinda, de la que se tiene conocimiento por una deuda de su hijo con el dean y el Cabildo de la Catedral fechada el 3 de julio de 1487.

Ese caso de Burgos no es el único en Castilla y ya en el reino de España en el siglo XVI. En concreto en 1565, se conoce el ejercicio como cirujana en Mojácar, en la provincia de Almería, de Ginesa Martín. Está recogido por el profesor José Antonio García Ramos en su estudio 'Un caso excepcional sobre el ejercicio médico de la mujer en la España del siglo XVI. La Cirujana de Mojácar, Ginesa Martín'.

Y no sólo en ese estudio. Se han confirmado, a través de diferentes investigaciones, que Ginesa Martín intervenía en juicios como testigo por su peritaje médico. Como en el suceso que consta en los legajos que se custodian en el Archivo de la Alhambra de Granada, que trata de una querella criminal contra Pedro de Alvarado, natural de Vera, escudero de la compañía de don Alonso de la Cueva.

Otras mujeres que ejercieron la medicina en torno al siglo XV fueron María Sánchez, en el Reino de Valencia, en Barcelona y Zaragoza; o en 1345, Arsenda, habitante de Viacamp (Huesca), que ejerció como tal y que fue eximida de ciertos impuestos por el conde Pedro de Ribagorza para «premiar la utilidad de su trabajo médico para la comunidad», como indica la profesora María del Carmen García Herrero, de la Universidad de Zaragoza en su monografía 'El trabajo de las mujeres en la Corona de Aragón en el siglo XV: valoración y defensa del mismo por la reina María de Castilla'.

El doctor José Manuel López Gómez amplía el elenco a Na Çeti, judía médica de Valencia; Na Floreta Canoga, de Santa Coloma de Queralt; y a la comadrona Bonanada. De ellas se tiene referencias por varios documentos de Pedro IV de Aragón. Más Bellaína, Na Pla, en Lérida y Na Regina y Francisca, en Barcelona y doña Jamila, en Murcia.

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