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Bárbara Moreno no es una mujer corriente; es una persona mayor, tiene 105 años, pero esa cifra no es un impedimento para ella. El pasado lunes celebraba rodeada de sus familiares y de su cuidadora su cumpleaños. Sentada en el sofá de su saloncito, vestida con el traje de domingo, sabe que BURGOSconecta le va a entrevistar. En la casa está su nieto Víctor, sus hijos Francisco y Conceso, con su nuera Mª Ángeles y su cuidadora Marilyn.
Creyente en Dios y en la Virgen a más no poder, está convencida de que fue la Virgen María la que le dio fuerzas a lo largo de su vida para acometer una existencia de dedicación plena a su marido, sus hijos y nietos. Desde siempre ha pensado que su familia es el eje fundamental de su vida, y agradecida a todos ellos por hacerle la persona más feliz del mundo cada día que se levanta.
Bárbara es una mujer de ojos vivos, dulces, muy dada a la fiesta y a la canción, tanto es así que con toda la sal del mundo, se atrevió con una coplilla de juventud que cantó a las mil maravillas. Porque otra cosa no, pero a una buena canción o a una buena jota nunca dirá que no. Aún hay por la casa globos con la palabras feliz cumpleaños, con la cifra del 105, abuela y otro globo en forma de corazón que deja claro quién es la mejor abuela para la familia Gil-Moreno.
«Esto es cosa de Marylin», confiesa Francisco, «que la quiere mucho y siempre está pendiente de ella». Bárbara reside en Burgos, rodeada de toda su familia. Cada día con la ayuda de todos ellos vive la vida como si fuese una oportunidad más que le da la Virgen María de compartir con su familia esa larga vida. Ya no puede valerse por sí misma para hacer las cosas de la casa o cosas cotidianas, porque «desde que me caí un día al suelo de espaldas, ya no puedo estar sola en casa sin ayuda».
Bárbara nació un 4 de diciembre de 1918, en el pequeño pero acogedor pueblo de Mazueco de Lara (comarca de Tierra de Lara), coincidiendo con la segunda oleada pandémica de la gripe española en dicho año y siguiente, que ocasionó más de 250 mil víctimas mortales. Es la menor de una familia de siete hermanos que fallecieron todos muy longevos. Por acuerdo de los padres, cuatro de ellos ingresaron y permanecieron en instituciones religiosas, buscando un mejor porvenir lejos de la empobrecida España rural de subsistencia.
Esta mujer también se trasladó a Madrid con 18 años a un convento de religiosas, pero la experiencia no fue buena porque dice «no le enseñaron nada, le ocupaban en labores propias de la casa». Después de unos meses y coincidiendo con los inicios de la Guerra Civil, regresó al pueblo para cuidar a su madre que había enfermado de asma. En aquellos tiempos la falta de asistencia sanitaria, y más acentuado en el medio rural, condenaba a las personas a convivir y sufrir con la enfermedad y consecuencia de ello, en ocasiones fallecimientos en edad no muy mayor, su madre murió con tan solo 63 años.
En sus años de juventud y hasta que falleció su madre, Bárbara se divertía en convivencia con los vecinos de su pueblo y también con los de Revilla del Campo, lugar de procedencia de su familia materna, donde residía su hermana Maximina, ya casada. Pueblo al que acudía con frecuencia, muy querida por los muinos y donde dice tuvo varios pretendientes, igual que en su pueblo.
Su madre le permitía ir a las fiestas de Revilla, pero con la condición de estar pronto por la mañana para atender las necesidades de casa, entre ellas el cuidado y atención de los animales. Así que, después de la diversión, regresaba sola a Mazueco por los caminos del monte y en la oscuridad de la noche para cumplir con lo acordado. «¡Qué atrevida!, con los miedosa que dice soy ahora» añade Bárbara.
Y muy viva, cuando se le pregunta por una anécdota que le dé alegría contar, responde que «alguna no se puede contar», con una carcajada. Al final se lanza a contar que su marido, cuando aún no estaban casados, cuando eran un amor de juventud, llego a saltar por una ventana para estar con ella, antes que rodear varias casas por llegar antes que nadie a estar con ella. Y él no era el único, uno de Revilla hizo lo mismo, pero a ese se lo quitó una familiar. Bárbara Moreno, burgalesa de 105 años, creyente, familiar y rompecorazones.
A finales de los años 40 conoció al que pasado unos años sería su marido, Valentín Gil, natural del pueblo cercano de Campolara. Algún verano se trasladaba a Mazueco para emplearse en labores de agostero. «Valentín era guapo y muy trabajador, por eso me fijé en él, puntualiza Bárbara.
Se casaron en 1951 y se establecieron en Campolara donde nacieron sus cuatro hijos; Francisco, Palmira, Celestina (fallecida a los 17 días de nacer) y Conceso. Pensando en la formación de sus hijos y un futuro mejor, en el verano de 1965 una vez concluida la recolección del cereal, se trasladan a la finca de la Diputación de Burgos ubicada en Fuentes Blancas.
Dos años más tarde a otra finca de la Diputación, pero esta vez en las proximidades del Palacios de Saldañuela en Sarracín, donde Valentín se emplea en la vaquería en ambos centros de trabajo. Estando próximo el cierre de estas instalaciones, en 1971 deciden asentarse definitivamente en Burgos, donde Valentín trabaja en diferentes ocupaciones y Bárbara en varios establecimientos de hostelería.
El marido fallece en 2015 a los 91 años y desde entonces Bárbara es atendida de forma continua por sus tres hijos en períodos alternativos. Conceso reside en Madrid con la familia ya mencionada, y en Burgos Palmira y Francisco, éste con la colaboración de su esposa Marisol y sus hijas Alba y Raquel (nuera y nietas de Bárbara). Y desde hace algo más de un año es su cuidadora Marilyn quien se ocupa de Bárbara, al igual que sus hijos, al estar muy debilitada físicamente.
Es una de las 140 personas mayores de 100 años que va a recibir un homenaje la semana que entra en Burgos ofrecido por la concejalía de mayores del Ayuntamiento de la ciudad. Al llegar a casa ayer su hijo Paco encontró en el buzón, la carta del Consistorio para esta invitación a recibir el homenaje en el salón rojo.
Asegura que nunca está sola en casa y que siempre tiene la compañía de algún hijo o de algún nieto. Relata con la sencillez que la vida le ha dado, sus avatares y sus vivencias, en los pueblitos de la Sierra, en los que ha vivido y como de jovencita se trasladaba desde su pueblo natal hasta Revilla del Campo, cruzando por el monte siete kilómetros para acudir a una fiesta o a un evento religioso. Y no solo eso, seguro que todos los chicos y chicas que en esos años vivían en su pueblo conocían a Bárbara Moreno, «mujeres y hombres venían a buscarme a casa, todos le pedían a mi hermana ver a Bárbara».
Con esa fe sencilla y tierna de quien tiene toda la confianza puesta en la Virgen asegura que ha sido ella la que le ha traído hasta aquí. «Aunque mis hijos se rían cada vez que lo digo, estoy segura que sin ella no podría haber sido lo que soy y he sido», refuerza de forma contundente Bárbara.
A la última
Recuerda con nitidez algunos capítulos de su juventud cuando acudía de fiesta a otros pueblos. Hace muchos años que no visita su pueblo, pero dice que es pequeño, aún así sus hijos asegura que «quieren llevarme a verlo, porque me dicen que ha mejorado mucho». Después de vivir en Mazueco, vivió en Campolara, y a partir de ahí asegura que ha recorrido 12 o 13 hogares diferentes, hasta llegar a su ubicación definitiva en Burgos en la zona sur. Aunque le gusta mucho la ciudad, donde ha sido feliz ha sido en el pueblo, pero se siente feliz porque está en su propia casa, no en casa de ningún familiar.
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