Tras aterrizar con gran éxito en la escena política, no parece que Pablo Iglesias, líder de UP y vicepresidente segundo del Gobierno, coseche la admiración de entonces. En pocos años, ha pasado de ser bien visto por un amplio sector progresista a perder simpatías, incluso ... en muchos de quienes le apoyaron.
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En el inicio de Podemos fueron miles de personas, en su mayoría jóvenes, que protagonizaron en 2011 la protesta tranquila por cambiar la política y la sociedad, el 15-M. Tres años más tarde se creó el partido político y entonces Iglesias logró encarnar la esperanza de un cambio, que convenció a un sector de la izquierda que no acababa de verse bien representado en el PSOE ni en IU, y que cambió su voto ante las promesas de regeneración.
La falta de experiencia, junto a una actitud de crítica exacerbada más propia de la adolescencia jugaron en su contra. En 2015, Iglesias declaraba que «llegar a acuerdos con nosotros no tiene nada que ver con los sillones». Una demostración más de que la soberbia visible es uno de los peores enemigos del político. Entonces, entre los elementos básicos para un hipotético acuerdo con el Partido Socialista exigía una acción social efectiva.
Cinco años más tarde, Pablo Iglesias, impulsa desde la Gobierno acciones en favor de la ciudadanía, pero ha podido comprobar la diferencia entre el activismo y la gestión diaria. Esta exige la renunciar a exhibir las cualidades que uno mismo se supone, templar el ánimo, administrar para todos y tragar muchos sapos en favor de la paz social.
El líder morado se dedicó a arremeter contra «la casta» acusando a un amplio sector de vivir afincado en sus privilegios. No salvó a ningún poder del Estado, se enamoró de su propia imagen y desatendió a lo que representaba, los Círculos de UP, base de su formación. Después, implantó el culto al líder. Y no era eso…
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Con la adquisición de una casa en La Navata (sierra de Guadarrama), los devaneos para formar gobierno y su entrada en el Ejecutivo comenzó una dinámica no similar a la de otros políticos al uso. Tampoco le ha ayudado a mantener las simpatías hacia él la crítica a otras instituciones sin considerar su propio puesto.
La derecha, enemiga acérrima de Iglesias y de su partido, le ataca sin cesar por hechos reales o inventados. Y haciendo amigos, ahora que está en el ojo del huracán, no se corta en opinar de los jueces. En el fondo, muchos le reprochan que no ha dado ejemplo de lo que predica. Resolver las propias contradicciones es más difícil que arreglar el mundo, y si no se consigue se encuentra rechazo y antipatía.
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