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¿Se comería a su perro? Probablemente no, pero aunque hoy en día la cinofagia (comer carne de perro) se rechaza en la cultura occidental (salvo en casos de crisis o escasez), nuestros antepasados la practicaban de forma habitual. Así se desprende de un estudio ... llevado a cabo por un equipo de investigación de Atapuerca, en el que se ha descubierto que los pobladores de El Portalón de la Cueva Mayor de Atapuerca (Burgos) ya consumían carne de perro hace 7.000 años.
La muestra constituye, junto a los yacimientos holocenos de El Mirador de la Sierra de Atapuerca, la evidencia más antigua de cinofagia en la Península Ibérica, y registran el consumo continuado de perros durante un largo período de tiempo (desde el Neolítico hasta la Edad del Bronce) en una sola región dentro de la Península Ibérica.
Tras analizar un total de 130 restos óseos de perro, recuperados en diferentes niveles de ocupación (Neolíticos, Calcolítico y Edad de Bronce) e identificados a lo largo de las minuciosas excavaciones, los especialistas detectaron diversas marcas de actividad humana como cortes, fracturas intencionales, evidencias de alteración por fuego, cocción y presencia de mordeduras muy posiblemente humanas.
«Lo que vimos es que los restos con marcas antrópicas que procedían de los Niveles Neolíticos (de entre 7.000 y 4.500 años de antigüedad) eran escasos (23 en total), por lo que creemos que el consumo de perro en aquel momento era incipiente y la hipótesis que barajamos es que fuese un producto exótico o al que se recurría en periodos de hambruna y escasez. Por el contrario, los restos de los niveles Calcolítico (5.000 a 4.000 años de antigüedad) y de la Edad de Bronce (entre 4.000 y 2.000 años) son muy abundantes (26 y 81, respectivamente) y las marcas encontradas son las mismas que las observadas en los huesos de otros animales de consumo habitual, como ovejas y vacas, lo que evidencia que este era un producto más de su alimentación», explica Nuria García García, una de las investigadoras que ha liderado el proyecto, junto a Mª Ángeles Galindo Pellicena.
Identificar los restos de perro (Canis lupus familiaris) y distinguirlos de los del lobo (Canis lupus lupus), la especie salvaje de la que proceden nuestras actuales mascotas, fue uno de los principales problemas de la investigación desde el punto de vista paleontológico, pues las diferencias morfológicas entre los huesos de ambos animales son ínfimas. El tamaño de las muestras ha sido uno de los criterios diagnósticos determinantes para diferenciarlos, pues en esos momentos el perro doméstico era bastante más pequeño que el lobo.
En el trabajo han participado investigadores del Laboratorio de Evolución Humana de la Universidad de Burgos (LEH), el CENIEH, el Centro Mixto UCM-Instituto de Salud Carlos III, el Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares y la Universidad Complutense de Madrid, y ha sido publicado en la revista internacional 'Archaelogical and Anthropological Sciences'.
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