España es un polvorín

Pablo Iglesias durante su participación en el programa '26J Quiero Gobernar'

Este artículo empieza mal ya desde el título: lo último que alguien desea oír o leer hoy son mensajes anunciadores de posibles catástrofes. Quienes han conseguido alzarse a estas alturas en España como portavoces de la opinión políticamente correcta –eso que en las conversaciones de bar se puede decir en voz alta sin escandalizar, como quien pone en evidencia obviedades–, es decir, y sobre todo, la extrema izquierda, saben bien que, por el contrario, las más duras y traumáticas de sus propuestas deben de comunicarse “con lenguaje dulce”. Eso es lo que proponía Julio Anguita en un reciente mitin de Podemos, aunque añadía también que ese lenguaje debía ser “penetrante como un bisturí”. Es buscando esa dulzura por lo que Pablo Iglesias no habla en sus entrevistas de “dictadura del proletariado” o mostrando su solidaridad con aquel del que el bienquerido expresidente de Uruguay, José Mujica, decía hace poco que “está loco como una cabra”, Nicolás Maduro. No; lo que hace Iglesias es eludir en sus declaraciones estos temas espinosos y, en un lenguaje desenfadado y divertido, ponerse a hablar de sexo con Susana Griso en Antena Tres, o rodearse de niños junto a Ana Rosa Quintana en Tele Cinco y mostrarse con ellos simpático y cariñoso. Todo lo más que llega a hacer el líder podemita cuando habla de política para la mayoría es lo que hizo su maestro Hugo Chávez cuando aún disputaba los votos que habrían de llevarle a la presidencia de Venezuela en 1999: mostrarse como moderado y amable socialdemócrata.

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¿Y es progresismo o inadaptación a la vida en sociedad?

Odio

El recurso a la violencia en la actuación política y los modos incipientes o preparatorios de tal violencia que, cuando no la ejercen directamente, exhiben los grupos extremistas con el resto de sus actitudes y comportamientos, son el síntoma más claro de desestabilización que puede afectar a una sociedad. Intentando explicar la raíz de este fenómeno, algunas interpretaciones parecen sesgarse hacia una cierta visión benévola de esas formas de violencia. Esa es al menos la impresión que dejan, por ejemplo, las palabras que el Papa Francisco, aludiendo sobre todo al yihadismo islamista, pronunció en Kenia en noviembre de 2015: “La experiencia demuestra que la violencia, los conflictos y el terrorismo que se alimentan del miedo, la desconfianza y la desesperación nacen de la pobreza y la frustración”. Vista de esta manera, en alguna medida queda dignificada aquella violencia, que no sería sino el más o menos comprensible resultado de esa desesperación que genera la pobreza. Precisamente, esta misma interpretación postulada por el Papa es la que han sostenido tradicionalmente los grupos violentos, que suelen justificar su violencia como una respuesta ante la pobreza y la injusticia social. Pero lo que en realidad demuestra la experiencia a la que apela el Papa es algo muy distinto de lo que prevén estas interpretaciones: no es de los países más pobres de donde fundamentalmente se nutre el terrorismo, sino que, en lo que respecta al yihadismo, sus fuentes principales, tanto ideológicas como financieras y de captación de militantes, están sobre todo en países musulmanes ricos. El saudí Osama ben Laden, por ejemplo, era multimillonario. Por otra parte, el terrorismo de ETA que hemos venido sufriendo en España surgió en una de las regiones con mayor nivel de renta de España y de Europa. Y en la segunda mitad del siglo XX aparecieron asimismo grupos terroristas en países con alta renta per cápita, como el Reino Unido, Alemania o Italia. Todo lo cual obliga a buscar otras interpretaciones más acertadas de las causas de la violencia social.

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¿Es progresismo o es resentimiento?

Tweet nº 1

Hay situaciones que a duras penas se prestan al disimulo, la ambigüedad o la evasión, y comportamientos que, aunque pretendan justificarse amparándose en argumentos de carácter político, dejan en evidencia anomalías que difícilmente encontrarían el amparo del sentido común. Por ejemplo, todo lo que rodea al caso de Alfonso Fernández Ortega, más conocido entre sus conmilitones de la extrema izquierda como Alfon, un joven convertido por ellos en icono de la protesta popular a raíz de su detención el 14 de noviembre de 2012, día en que tuvo lugar una huelga general convocada por las centrales sindicales. La razón de su detención fue que se le sorprendió llevando una bolsa de gran tamaño con un artefacto explosivo de fabricación casera, que contenía metralla y una mecha de fósforos, es decir, que estaba preparado para ser detonado. Alfon tenía antecedentes policiales tan graves como robo con violencia, tráfico de estupefacientes y agresión sexual, y está cumpliendo ahora condena por un delito tipificado en el Código Penal, como es el de tenencia de explosivos. La sentencia ha sido ratificada por el Tribunal Supremo, a pesar de lo cual los grupos de Podemos, Izquierda Unida, BNG, Amaiur, ERC, Compromis y Geroa-Bai lo han convertido en un héroe afirmando que ha sido “acusado falsamente por la policía”, y presentando en el Parlamento una proposición no de ley sostenida sobre esta afirmación. No solo eso: se han organizado manifestaciones, se han hecho pancartas, camisetas, chapas, pegatinas… ensalzando a este “héroe” de la lucha sindical y popular.

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España y su población islámica

Mezquita de Córdoba

Quizás resulte paradójico, pero la superioridad de Occidente reside ni más ni menos que en las dificultades que hemos decidido intercalar en el camino que transcurre entre nosotros y la verdad. Cuando San Agustín, en el friso de los siglos IV y V, sentenciaba que “en el interior del hombre habita la verdad”, dejaba a salvo la evidencia de que, como ya había dicho Platón, respecto de lo que hay en el mundo exterior solo podemos albergar opiniones, interpretaciones, hipótesis, dudas… La vida en el mundo la construimos a partir del método de ensayo-error, porque, como también decía el santo, “no puede errar quien no vive”… luego todos los demás, sí. Lo cual quedó confirmado a sensu contrario cuando admitió que “si me engaño, existo”. El legado de San Agustín estriba tanto en la seguridad que mostraba respecto de la idea de que la verdad a la que había que aspirar estaba fuera del mundo como en la correlativa evidencia de que vivir significa, no olvidarse de la verdad, que es algo irrenunciable, sino tratar de ir descubriéndola y decantándola mientras discurrimos a través de ese campo de incertidumbres e inseguridades que es la realidad. “(Quien) duda, vive”, decía también el santo antes de afirmar que, consiguientemente, “(quien) duda, piensa”.

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Marruecos: Nuestro inveterado enemigo

Conquista-de-Ceuta

La cercanía geográfica del Islam ha supuesto para España el encadenamiento de una dilatada serie de conflictos y calamidades a lo largo de la historia. En el siglo VIII, significó la aniquilación prácticamente total de una cultura hispano-germana-romana que, a la sazón, era por entonces la más importante de Europa occidental. Durante los siglos IX y X implicó una política de exterminio contra los cristianos que habitaban en Al-Andalus, la España dominada por el Islam, y continuos ataques, las conocidas razias, contra los núcleos de resistencia que se mantenían en el norte de la Península. En los siglos siguientes, y en respuesta al avance de los reinos cristianos, llegaron aquí, procedentes del norte de África, sucesivas oleadas de contingentes de guerreros musulmanes: almorávides, almohades y benimerines, que pretendían salvaguardar la ortodoxia islámica más estricta.

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El sentido de la vida

Ser o no ser. Samuel Martínez Ortíz

Vivimos encadenados a nuestro doble. Un doble que lo es no tanto porque se nos parezca –en realidad, es nuestro permanente contrapunto, lo que quedaría de nosotros si de ello amputáramos nuestro deseo de ser otra cosa–, sino porque nos sigue a todas partes y se dedica a lastrar cada uno de nuestros gestos, a contraponer la fuerza de su inercia a cada paso que damos, a orlar con una espesa capa de arrepentimiento todas nuestras iniciativas. Nos sigue pues como si fuera nuestra Sombra: fue así como lo llamó, precisamente, a esto o a algo parecido, Carl G. Jung.

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Cómo metabolizar el horror

Cómo metabolizar el horror. Samuel Martínez Gracia

Mi amigo gallego me pasa el enlace a estas dos noticias:

¡Vaya dos noticias! Su lectura me dejó el estómago revuelto y una desagradable sensación de náusea. Me he dado cuenta mientras las leía de que uso la reflexión como ansiolítico, o al menos como protector digestivo, porque parece que lo único que puede contrarrestar un poco este sentimiento de horror ante cosas así de espeluznantes es intentar comprenderlas. Tragártelas a pelo es angustioso. Y si lograras entender por qué ocurren, como que tienes un antídoto, una especie de calmante. Sin embargo, no doy con una de esas explicaciones terapéuticas suficientes. Algo de luz me aporta esa idea de Gabriela Bustelo, la autora del segundo artículo, de que los jóvenes actuales tienen creciente dificultad para distinguir la realidad de la ficción. Sí creo que cuando la realidad no tiene suficiente fuerza gravitatoria, cuando alguien va haciendo discurrir su vida desde la infancia a través de una realidad inconsistente, que no le vincula, que no genera interacciones de ida y vuelta a través de las cuales se pueda ir tomando conciencia de, y empatizando con, lo que pasa ahí afuera, los monstruos que nos habitan salen a bailar.

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‘Drogodependencias y sexualidad’

Drogodependencias-y-sexualidad

Cuando Fernando Pérez del Río, me propuso participar en la presentación de este libro suyo, yo sabía que, puesto que conoce mi afición a la filosofía, esperaba de mí que aportase la perspectiva que se puede derivar de ese enfoque filosófico, y que, a mi modo de ver, consistiría en integrar el significado que este libro pueda tener en el marco de las grandes preguntas a las cuales nos convoca la filosofía: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué hacemos aquí?… Preguntas que, si nos ceñimos ya más estrictamente al tema de este libro, yo haría derivar hacia la pregunta de ¿por qué se droga la gente?

Podríamos encontrar una primera aproximación a la respuesta a tal pregunta en el testimonio que da un adicto al crack y que es recogido en el libro. Dice este joven que tomar drogas era para él “una forma de borrar la ansiedad, la timidez, el insoportable peso de la propia conciencia. Las drogas solo me hacían querer más drogas, más olvido. Así que cuando me drogaba, bebía más vodka, tenía más sexo, tomaba más drogas”. Este testimonio viene a confluir con la reflexión que Fernando realiza a propósito de las motivaciones que están detrás de esa peculiar adicción que en el libro se incluye como equiparable a las drogodependencias, y que es la adicción al sexo. Dice Fernando, efectivamente, en el libro: “La persona adicta al sexo se apoya en un mecanismo que podríamos llamar compensatorio: el sujeto opta por un estado emocional propio de la adicción con el que puede defenderse de sentimientos intensos de angustia, de culpa, de abandono, de dolor, rabia, vergüenza, o atenuar su vacío, etc.”. En suma, sigue diciendo, “la dependencia cubre un malestar, una insatisfacción, y superpone al malestar otro estado mental y emocional proporcionado por la adicción, una actividad a priori estimulante”. A priori estimulante, es decir, placentera. Sin embargo, a la larga, a posteriori, el refuerzo positivo que al principio suponía la droga o la actividad adictiva, se convierte en refuerzo negativo: ya no se consume la droga, ya no se realiza el sexo de manera adictiva primariamente como una forma de obtener placer sino para evitar el malestar y la angustia.

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Apuntes para una historia del sentimiento de vacío

Apuntes para una historia del sentimiento de vacío. Samuel Martínez Ortíz

La vida es, por lo pronto, un caos donde uno está perdido”, dejó dicho Ortega y Gasset. Es un caos porque en el mundo al que hemos sido arrojados están mezclados indiscriminadamente el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, la vida y la muerte. Es un caos porque de nada que esté hoy aquí ante nosotros podemos asegurar que siga estándolo mañana. Decía Heráclito, y decía bien, que todo fluye, que nada es lo suficientemente firme y estable como para que sobre ello podamos edificar un ser con garantías: todo lo que es, tarde o temprano acaba dejando de ser.

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La sociedad del bienestar y el malestar de la civilización

El hombre light: ¿último eslabón de la cadena evolutiva?. Samuel Martínez Ortíz

Dice Gilles Lipovetsky, sociólogo francés cuyos análisis sobre la era del vacío en la que vivimos le han dado fama internacional, que vivimos una revolución individualista que ha hecho que, aparentemente al menos, todo esté organizado para que el mundo funcione a partir de un mínimo de coacciones y un máximo de elecciones privadas. “En la era posmoderna –afirma– perdura un valor cardinal, intangible, indiscutido a través de sus manifestaciones múltiples: el individuo y su cada vez más proclamado derecho a realizarse”. En la actual sociedad, asegura, hemos llegado a un punto en el que “cada cual puede componer a la carta los elementos de su existencia”. Y sin embargo, todo esto, que parecería contener los ingredientes necesarios para llevar adelante una vida plena, rebosante de sentido y de metas enaltecedoras, resulta que es compatible con un generalizado sentimiento de vacío emocional, de indiferencia hacia las grandes cuestiones, de depreciación de los grandes valores, de hundimiento de los ideales; en suma, dice Lipovetsky que nos hemos instalado en un “desierto de apatía”. Las claras antinomias que antes servían para organizar nuestra manera de entender el mundo, las que diferencian lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, lo verdadero de lo falso, lo real de lo ilusorio, lo que tiene sentido de lo que es absurdo, se han diluido, se han esfumado. La norma vital por excelencia parece ser aquella que pudiera caber en una exclamación del tipo de “¡qué más da!”. Con estos mimbres, al final no es posible hacer un buen cesto: “Cruzando solo el desierto, transportándose a sí mismo sin ningún apoyo trascendente –sostiene, en fin, Lipovetsky– el hombre actual se caracteriza por la vulnerabilidad”. El individuo que parecía reinar en este mundo posmoderno es solo un personaje, un ente superficial, un falso yo que enmascara a ese otro ser vulnerable y aún menesteroso que vive debajo. La última consecuencia de todo este montaje queda en evidencia al constatar cómo, por detrás de tanta abundancia de posibilidades, los estados depresivos se han convertido en una plaga.

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